El otro día, mientras comía con unos compañeros del trabajo, nos enfrascamos en el apasionante tema de la educación en nuestra sociedad. Estando todos básicamente de acuerdo en el diagnóstico (el nivel educativo es lamentable y las soluciones que se nos muestran no parecen las apropiadas) teníamos opiniones distintas sobre un tema que da para mucho y cuyo debate y actuación es vital para el futuro de cualquier país.

Durante los últimos veinticinco años hemos universalizado la educación en España y hemos conseguido que estudiar no sea un problema. Pero los resultados no han acabado como debieran porque, a cambio, todo indica que hemos sacrificado la calidad en detrimento de la cantidad. El famoso informe Pisa que elabora periódicamente la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y evalúa las políticas educativas refleja que el nivel del sistema educativo español deja mucho que desear. Que resulte obligatorio estudiar hasta los 16 parece aconsejable y que con ello se pretenda preparar a los jóvenes para el mundo laboral y la vida académica adulta es un propósito loable. La cuestión es que la experiencia está demostrando que llegado el momento de abandonar los estudios obligatorios, una buena parte de los alumnos no salen con los mínimos exigibles para considerar que el esfuerzo formativo ha valido la pena. El mínimo (leer y escribir correctamente) no se ha conseguido y prueba de ello es que, ya no el que abandona los estudios a los 16, ni el universitario es capaz de redactar un párrafo coherente. La incapacidad para la correcta expresión escrita y verbal genera problemas de comprensión, y por tanto de aprendizaje.

Ante tanto sesudo experto y comité de sabios que debe andar metido en el tema, no soy yo quién para dar soluciones. Pero sí se me plantean algunas preguntas: ¿realmente es útil perder el tiempo en créditos de libre elección en lugar de dedicar más horas al refuerzo de las ciencias, las matemáticas, la literatura y las humanidades en general? ¿Sirve de algo que los libros de lectura obligada a los 15 años sean la Celestina o la obra de Cervantes en lugar de obras más atractivas y comprensibles para los jóvenes? ¿O es que no se trata al fin y al cabo de potenciar el amor por la lectura y el aprendizaje de la expresión y la comprensión? ¿No deberían introducirse nuevas formas en la educación española, más acordes con nuestro tiempo y con la revolución digital que ya tenemos en marcha y que no ha hecho más que comenzar?

Y me sirve esto para seguir con el tema desde otro punto de vista. La revolución digital ya es un hecho y tan importante resultará para el devenir de la historia como en su dia lo fue la revolución industrial. Las tecnologias de la información y la comunicación no sólo deberian cambiar las formas y usos educativos sino que están cambiando ya las relaciones familiares y sociales. “El uso cotidiano de las TIC nos dibuja una práctica más independiente, personalizada y activa, opuesta al uso más familiar, colectivo y pasivo de la televisión. El consumo audiovisual pasa del comedor a cualquier otro espacio del hogar, y a cualquier hora, aunque por una cuestión de gestión del tiempo, todo lo que no sea dormir, trabajar o estudiar, comer o desplazarse se sitúa en lo que la industria audiovisual todavía considera su prime time. Sí, yo sé que la TDT se define como interactiva, pero aunque fuera así, ¿quién a los 15 años se pondrá a chatear en el salón delante de sus padres? Nuestros jóvenes ven contenidos audiovisuales, pero no precisamente en el televisor, y no solamente consumen sino que comparten, modifican, subtitulan y crean”, explica la catedrática de la UOC, Imma Tubella, en su interesante artículo Bajo el asfalto estaba la Red. Y abundaba en ello ayer mismo en otro artículo (El asfalto, la Red y las aulas) publicado en El País, el ex presidente extremeño Juan Carlos Rodriguez Ibarra, quien cuenta entre sus logros en sus años como presidente autonómico el impulsar el uso de las nuevas tecnologías entre la comunidad educativa.

Me reconforta pensar que el debate no sólo me interesa a mi y que hay mucha gente cuestionándose qué hacemos y hacia dónde vamos. Nuestro futuro está en juego. La mejor inversión de un país es el capital humano. Y la mejor inversión para un individuo es la formación, la cultura, la educación. Ignoro si la verdad nos hará libres, pero el saber parece un buen componente para ello.

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