Cambiemos el statu quo

Las crisis siempre son un buen momento para mostrar el hartazgo y el cabreo, y de forma distinta y por distintos motivos, los ciudadanos de este país llevamos unos años conteniendo el estallido, lo que no significa quietos y amuermados. #AcampadaSol, #stopdeshaucios, #11S #prouretallades #culturasiniva o #sinpreguntasnohaycobertura son algunas de las protestas y reivindicaciones que así, a modo hashtag, ahora mismo recuerdo.

La última vergüenza nacional ha sido el ridículo de la candidatura madrileña a las Olimpiadas. Dejando aparte el dispendio que al parecer ha tenido lugar en Buenos Aires, el hecho de que nuestros dirigentes no sepan hablar con fluidez el inglés resulta inexplicable. Pero más allá del rídiculo, y siendo pragmáticos, la falta de idiomas es causa probable de que la política española en el exterior sea inocua. ¿Botella o cualquier otro miembro de la delegación ha podido seducir a alguien del COI en los pasillos entre copas? Seguro que Maragall se los metió a todos en el bolsillo. ¿Para qué dan dos minutos de Rajoy con Obama en un pasillo de una convención con un traductor de por medio? Tal vez, ni para hablar de la previsión del tiempo en Siria antes del bombardeo. Ni Felipe, ni Aznar, ni ZP… Al menos Pujol y Mas tienen idiomas.

El problema de España viene de lejos, y no es Catalunya (como tampoco el problema de Catalunya es España, por más que la idea se esté extendiendo). El problema que tenemos los ciudadanos aquí es la falta de capacitación, formación y empatía (y de asertividad) que tienen muchos de quienes nos gobiernan. Pedir estadistas tal vez sea demasiado. Pero pedir que se tomen decisiones pensando en la mayoría, sobre datos e información suficiente, es lo mínimo. Y si las decisiones son difíciles, pues entonces hay que pedir que se tomen cuando el contexto (económico, por ejemplo) acompaña, no como ahora cuando todo es desfavorable.

Cultura y educación, o sea, formación y capacitación, son la base para el desarrollo personal, social y empresarial, para la evolución y la innovación. Pero mal vamos si cada cuatro años el gobierno de turno pretende contrareformar las leyes educativas, entre otras. O si lo presupuestos se basan en intercambiar partidas y ceros en lugar de plantearse llegar a un presupuesto de base cero a partir de las prioridades estratégicas de un país (educación, servicios sociales e investigación). O si las instituciones y los organismos reguladores, supervisores, garantes… están copadas por personas que anteponen intereses de partido (o sindicales) a los generales. Esto no puede continuar así. Hay que cambiar el statu quo.

Y llegamos al tema del dia, Catalunya y España. Esto no puede seguir así. Como catalán y español preferiría que siguiésemos unidos, pues la suma es potencialmente mejor que las partes y tantos años de historia conjunta crean lazos y vínculos de todo tipo que no desaparecen de un dia para otro por una ley o una consulta. No soy independentista ni nacionalista; las naciones, las banderas y los himnos me importan bastante poco, no conforman mi identidad. La lengua es para mi un vehículo de expresión y punto. Me mueve la familia, los amigos y la sociedad a la que pertenezco. Mis hobbies y filias, y también mis fobias. Como decía la letra de “La Mala Reputación”, la música militar nunca me supo levantar. Ni toros ni correbous, ni sardanas ni sevillanas.

Creo que una Catalunya independiente no sería necesariamente mejor que una Catalunya en España (ojo, tampoco peor). Aunque la oficialidad lo niegue y los medios de comunicación aquí trasladen ese sentimiento de superioridad de lo catalán sobre lo español. De hecho, unos y otros, aquí y allí, argumentarán que hay datos, estudios y hechos que demuestran que bla, bla, bla, esto y lo contrario. Todos sabemos que los números, las letras y la comunicación sirven al propósito de quien sabe utilizarlos. Y hay que reconocer que el independentismo catalán está siendo más inteligente que el nacionalismo español y mueve mejor sus recursos, que obviamente son menores. Aunque sea con mucha demagogia (llibertat, expoli…). Ni el sentimiento es mayoritario ni compartido, pero tampoco minoritario. La pasada Diada y la Via de hoy lo demuestran. Pero una buena parte de la sociedad silente está a la expectativa.

Dicho lo cual, vuelvo a mi idea: que esto no puede seguir así. Las leyes están al servicio de la sociedad, no al contrario. Las decisiones que un dia fueron buenas no tienen porque ser inmutables ni condicionar nuestras vidas durante años. Que no estamos bien es obvio, así que hay que cambiar el statuo quo. ¿Es la independencia de Catalunya la forma de cambiar el statuo quo y mejorar? No tengo la respuesta. Creo que no es la solución clave (los vicios y defectos indicados anteriormente, están presentes también), pero tampoco me atrevería a defender que no puede ser una solución. Pero no quiero que alguien (y menos, los incapaces que nos gobiernan aquí y allá) tome decisiones sin tener presente mi opinión, aunque sea entre 1 entre 20 millones (o entre 5) y valga lo que valga. Quiero decidir mi futuro, y quiero decidir pronto. Y quiero hacerlo con argumentos. Que no nos tomen por tontos, unos y otros. Quiero una consulta, no manipulada, con pregunta clara y directa, vinculante y con participación mayoritaria y votación en uno u otro sentido aún más clara. Y antes quiero toda la información sobre las causas y las consecuencias. Hoy mismo, votaría que no a la independencia porque mis sentimientos no van en esa linea y porque en el ambiente flotan falsedades y engaños. Pero mi opinión de hoy puede cambiar si me convencen argumentos más sólidos y plurales. 

Y es obvio, que alguien no está haciendo bien su trabajo, y esto también debe cambiar: representar capaz y honestamente  al pueblo y a los votantes. En esta época en la que tanto se cuestionan nuestros partidos políticos, especialmente a los grandes y no sin razón, por su actuación (aciones y omisiones) y por su mensaje, me ha parecido oportuno recuperar una cita de una mente lúcida del siglo XX, el británico y premio Nobel de literatura Bertrand Russell, sobre el partido Laborista, y que creo aplicable a nuestra izquierda no nacionalista.

(En una carta de Russell a Maurice Amos, el 16 de junio de 1930)

“Creo que es totalmente cierto lo que dices del partido Laborista. No me gustan, pero un inglés tiene que pertenecer a un partido, igual que lleva pantalones, y de los tres partidos me parece el menos lamentable. Mi objeción a los conservadores es por temperamento, y a los liberales por Lloyd Gorge. No creo que por adherirse a un partido uno abandone forzosamente el uso de su razón. Sé que mis pantalones podrían ser mejores de lo que son, sin embargo me parecen mejores que nada”.

Pero hay que ponerse las pilas ya.

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