El papel de El País en la crisis del PSOE

El País y Pedro Sánchez

Han pasado dos semanas desde que el PSOE se abrió en canal, a cuenta del posicionamiento oficial del partido en la posible investidura de Mariano Rajoy (#NoEsNo) y de la voluntad de un sector, encabezado por la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, de hacerse con el poder en el partido. Y de momento, todo ello se ha saldado en su forma más visible con la dimisión de Pedro Sánchez, secretario general durante los dos últimos años.

Hubo luchas cainitas internas, cierto, pero también ha tenido mucho que ver el posicionamiento claro y sostenido en su contra del grupo Prisa, especialmente del diario El País, el diario que durante los 80’s y los 90’s contribuyó a definir la opinión mayoritaria de la sociedad española. Este estupendo artículo de Suso del Toro en eldiario.es explica muy bien la trayectoria última de dicho medio impreso.

El País apareció el 4 de mayo de 1976, al amparo de la Ley de prensa vigente desde 1966 (Ley Fraga) y ocho años después, era ya el periódico líder en toda España, cabeza visible de un grupo de medios (PRISA) que cuenta actualmente también con la Cadena Ser y sus filiales musicales (40 principales, Dial, M80), Cinco Dias y el diario As. Fueron sus principales fundadores José Ortega Spottorno (hijo de Ortega y Gasset) y Jesús de Polanco, presidente del Grupo Timón, imperio editorial del cual Santillana o  Alfaguara, han sido piedra angular.

En aquél El País de sus inicios, se sucedían las tensiones entre los accionistas y directivos más progresistas y los conservadores, permanentemente vigilantes gracias a las leyes tardofranquistas de información y comunicación. Con la llegada de la Constitución y el repunte social de los partidos de izquierda, cobró impulso la necesidad de garantizar la libertad editorial de los medios de comunicación y poco después se derogó la ley Fraga. Desde entonces, así como hay legislación que regula la televisión y la radio, la edición de prensa es absolutamente libre (en internet, sometida a comunicación).

En poco tiempo Polanco se hizo con el control del grupo, y con gran visión empresarial, desde entonces, El País fue el periódico de la gente de izquierdas, y cuando el PSOE y Felipe González alcanzaron el gobierno (octubre 1982), vino a ser como el periódico gubernamental. La PRISA de Polanco (presidente) y de Juan Luis Cebrián (que había sido director informativo del Movimiento franquista, y a la postre primer director de El País, más tarde consejero delegado, y actualmente presidente del grupo) aupó a Felipe y su equipo: Solana, Maravall, Rubalcaba, Almunia. Y desde entonces su identificación con el PSOE fue total. O casi. Aupó y dejó caer a secretarios generales, candidatos y ministros, hasta el día de hoy.

Cebrián declaraba los objetivos del periódico en su primer artículo: “El país que queremos”.  El extracto que sigue, visto hoy, y con los poderes fácticos al acecho, tiene su miga:

Durante cuarenta años los lectores españoles han sido convenientemente amaestrados para la llamada crítica constructiva, adjetivo éste inventado por la clase dirigente a fin de evitar toda crítica a secas que perjudique o ponga en peligro sus intereses. El poder político nos está inundando desde hace algún tiempo con argumentaciones y promesas sobre la reforma democrática, pero se olvida con frecuencia que esta reforma es imposible si los mismos detentadores del poder no están sinceramente dispuestos a dejarlo (…). Sería una petulancia que hoy mismo viniéramos nosotros a decir cómo es preciso hacer las cosas (…). Porque nacemos con talante y concepción liberales de la vida -en lo que de actual y permanente tiene la palabra y en lo que significa el respeto a la libertad de los hombres- la tribuna libre de EL PAIS estará abierta a cuantas gentes e ideologías quieran expresarse en ella, con la sola condición de que sus propuestas, por discutibles que sean, sean también respetuosas con el contrario y propugnen soluciones de convivencia entre los españoles.

En mayo de 1979, el PSOE liderado por Felipe González aprueba abandonar el marxismo, tras un agrio congreso federal en el que Felipe da la espantada. Así editorializaba El País:

En este aspecto, parece evidente que el PSOE debería aceptar hasta las últimas consecuencias los riesgos de sus apuestas. Es contradictorio y absurdo que los dirigentes y militantes del PSOE primero definan en sus congresos a su organización como marxista y luego monten más o menos en cólera y acusen de juego sucio a sus adversarios cuando se lo recuerdan a lo largo de una campaña electoral (…) El éxito o el fracaso de Felipe González en su propuesta al XXVIII Congreso dependerá de su capacidad para diferenciar esos dos niveles en la polémica. El abandono del término marxista para calificar al PSOE es, desde un punto de vista teórico, un paso obligado (…). La definición del PSOE como marxista no sólo es la respuesta a una pregunta que carece de sentido, sino también un gratuito regalo a sus adversarios. El verdadero problema socialista no está en esa querella bizantina, sino en las emociones y pasiones que se hacen oír disfrazadas de razones, y que deben tener como objeto real de discusión el programa, la organización y la estrategia del PSOE para los próximos años.

Cuando el PSOE ganó las elecciones de octubre de 1982 y se disponía acceder al gobierno de España, El País defendía la necesidad del PSOE de ceñirse a su programa electoral y evitar el maximalismo. La palabra “moderación” ya estaba en boga.

Por todo ello, la moderación predicada por Felipe González proviene lo mismo de una transformación de actitudes internas en su partido que de una influencia inevitable del electorado, cuyo peso (varios millones de votos frente a poco más de 100.000 afiliados al PSOE) será considerable en el futuro. Debe, en este sentido, obligar a Felipe González a ser respetuoso con sus propuestas de programa electoral sin intentar, ante las presiones internas partidarias, hacer honor, y desde el primer día, a lo que bien podría llamarse el programa máximo socialista.

Se sucedieron aciertos y errores y siempre, El País, acompañaba.

Ya en junio de 1997, un año después de la victoria de Aznar en las elecciones generales, el PSOE estaba sumido en una profunda crisis, pues González no parecía dispuesto a dejar la secretaría general del PSOE. Los editoriales de El País advertían de la necesidad de cambio, pero siempre de forma respetuosa con el PSOE, con la organización socialista y con su máximo responsable. El del 20 de junio, al inicio del Congreso:

Los militantes socialistas la inician en un ambiente de inquietud: nadie sabe lo que puede pasar. Sobre todo, porque no está claro qué quiere hacer su secretario general, y de esa decisión dependen las demás. Esta misma dependencia de las decisiones de Felipe González anuncia un cierto bloqueo organizativo (…). Si del congreso del Partido Socialista Obrero Español no sale una dirección coherente y un discurso adecuado a la realidad, los socialistas habrán perdido buena parte de las posibilidades de ganar las numerosas elecciones que se avecinan.

Tras anunciar su marcha como líder orgánico del PSOE, en su editorial del dia 21 El País seguía con su fair play con el partido:

Es difícil saber cuándo tomó González la decisión anunciada ayer. Desde hace años es claro su alejamiento psicológico de las tareas del partido.

Me quedo con esto: “Alejamiento psicológico”. Suave, sin insultar.

No está de más recordar que durante los años del primer período de gobierno socialista, el panorama audiovisual cambió sustancialmente. Se abrió paso a las televisiones privadas y se limitó el sector publico de comunicación al grupo RTVE, controlado por el gobierno… hasta que llegó Zapatero y se apostó por su desgubernamentalización. Además se aprobó numerosa legislación sobre la actividad informativa en todos los ámbitos sectoriales y territoriales: radios, televisiones, telecomunicaciones, satélite, autonómicos, locales… Con la llegada del PP, el conflicto sobre las retransmisiones del fútbol (“la guerra del fútbol“) afectó de lleno a Prisa, quien a través de su filial audiovisual Sogecable se disputaba los derechos frente a Mediapro.

En cualquier caso, hay que reconocer que en lo que atañe a la política sobre el sector de la comunicación, El País fue beligerante con los gobiernos de Felipe González (salvo cuando le otorgaron la concesión de Canal Plus). Pero hablamos de la posición de un grupo y sus medios en relación a la actividad del Gobierno, no en lo que atañe a las responsabilidades orgánicas de un partido político.

Volviendo al terreno del PSOE, las primarias entre Almunia y Borrell por la candidatura socialista en las siguientes elecciones se saldaron con una posición muy neutra por parte del diario. Con un “Jospin Borrell”, saludaba El País la nueva bicefalia. Pero resulta interesante detenerse en el editorial del domingo anterior a esas primarias, del 19 de abril de 1998, en el que El País analiza las posiciones políticas de ambos contendientes y sus posibilidades para una mayor atracción electoral.

Los programas de los partidos los marcan los congresos, por lo que, en teoría, las diferencias entre los candidatos deben producirse en un marco compartido de propuestas. En este caso, además, Almunia y Borrell pertenecen a la misma familia genérica, el felipismo -recuérdese la foto de ambos respaldando a Leguina contra los guerristas en el hotel Chamartín- Pero la propia campaña ha subrayado las diferencias psicológicas, de estilo, y hecho emerger otras más de fondo. Ambos candidatos se enfrentan al desafío de diseñar una política diferente a la conservadora en un momento en que las recetas socialdemócratas clásicas -con sus efectos sobre el gasto público- son poco viables. Pero es evidente que los dos candidatos ponen diferente énfasis en esa inviabilidad. Borrell tiene una imagen mas izquierdista -sobre todo para el votante de centro- que el secretario general. Tal vez tenga que ver con esto una cierta contraposición -desvelada por las encuestas- entre quién es considerado mejor candidato y quién sería mejor presidente del Gobierno. No es casual que en su carta -a los electores Almunia les pida que decidan “con responsabilidad porque estáis eligiendo al futuro presidente”; mientras que Borrell les pide que se pregunten “quién puede conseguir más votos para ganar al Partido Popular”. Pero incluso ese aspecto se presta a discusión. Borrell está ofreciendo la imagen de alguien capaz de generar un entusiasmo que podría arrastrar a sectores de izquierda perdidos en la abstención o pasados a Anguita; mientras Almunia aparece cómo un candidato capaz de recuperar el voto moderado de centro-izquierda que resultó determinante en las mayorías de Felipe González.

Un año después, Borrell tuvo que dimitir por un escándalo de dos ex colaboradores suyos (Huguet y Aguiar) en su etapa como ministro de Hacienda y Joaquín Almunia se convirtió en candidato del PSOE. La primera reacción de El País sigue pareciendo de golpecito en la espalda y empujón al vacío.

EL MEJOR Borrell fue el de su despedida como candidato. El estilo directo y el tono sereno de su explicación recordó al del candidato que tantas esperanzas despertó hace un año, cuando ganó las elecciones primarias. La mayoría de los políticos acogió con respeto una renuncia que a partir de hoy pone muy alto el listón ético en esa profesión. Su argumento fue que en política el cumplimiento estricto de la legalidad es imprescindible, pero no suficiente; que hay valores que deben dominar la acción política, por encima de las conveniencias partidistas. Como conclusión, que aunque no ha habido nada ilegal en su comportamiento, su proximidad personal a Aguiar y Huguet extiende una sombra de duda que podría perjudicar la imagen del PSOE o las expectativas de sus candidatos en las elecciones inmediatas. (…) que sus dos Savonarolas de confianza hayan resultado como mínimo sendos defraudadores a gran escala proyecta una imagen sobre Borrell insoportable para su propia estima. Por otra, le trabaja su punto flaco: el de su discutible perspicacia para seleccionar a sus colaboradores. (…) No habiendo reproche de irregularidades, Borrell podía haber intentado seguir, una vez ofrecidas las explicaciones oportunas (que se habían demorado más de la cuenta). De esas explicaciones se deduce que la participación de su ex mujer, con una cantidad modesta, en un fondo de inversiones gestionado por Huguet no tiene nada que ver con el dispositivo que enriqueció a los dos funcionarios de las cuentas suizas. Entonces, ¿por qué la renuncia? Porque esa participación confirma la existencia de una fuerte relación personal con dos presuntos delincuentes que como mínimo abusaron de su confianza sin que funcionara ningún mecanismo de alerta.

El partido se olvidó de las primarias, y el periódico despachó el tema sin piruetas y a otra cosa.

Al año, o sea, dos después de aquellas primarias y poco antes de las elecciones que dieron la mayoría absoluta a Aznar, Almunia pactó con Paco Frutos, líder del Partido Comunista, un pacto electoral entre PSOE e Izquierda Unida que El País no vio, sorprendentemente, con malos ojos, a pesar de arrastrar ya el grupo Prisa una deuda de 1.675 millones con diversas entidades de crédito.

Lo que sale del acuerdo es una oportunidad. La de una movilización del electorado de izquierda. Hay un millón de votos perdidos por IU entre 1996 y 1999. Contra lo que dicen a Frutos los mismos que en su día le dieron a Anguita la embarcada de que el enemigo principal era el felipismo, el pacto no favorece el salto de esos votantes hacia el PSOE, sino que no se pierdan en la abstención.

Aquello fue un desastre y Almunia obtuvo el peor resultado del PSOE (125 diputados) en un contexto de bipartidismo claro. El 23 de julio de 2000, el PSOE elegía a Rodriguez Zapatero como nuevo secretario general, tras unas primarias a cuatro en las que ganó por sólo 9 votos a José Bono. Desde el principio, el movimiento renovador Nueva Vía que apoyaba la candidatura de Zapatero contó con la aprobación de El País, y el resultado del congreso fue ejemplar según el rotativo. Renovación, al fin, era el titular de aquél editorial.

Pese a lo reñido del resultado, del 35º Congreso no sale un PSOE dividido, pues Zapatero, Bono o Rosa Díez no representaban familias distintas, sino generaciones, estilos y enfoques diferentes desde los valores tradicionales de la izquierda socialdemócrata. Los delegados han votado libremente, sin componendas, sin condicionamientos de las baronías ni caciquismos. A este limpio resultado ha contribuido, sin duda, la labor de la Comisión Política que ha dirigido el PSOE en estos meses de vacío tras la dimisión de Joaquín Almunia a raíz de los desastrosos resultados electorales.

Hasta aquí, los editoriales de PRISA muestran una relación de respeto por la figura del secretario general del PSOE y el proceder de la propia organización. Incluso los primeros años de Zapatero al frente del gobierno gozaron del beneplácito del que hasta la fecha había sido el medio de comunicación socialista por antonomasia. Zapatero llegó al gobierno en marzo de 2004, tras la penosa gestión que hizo el gobierno Aznar de los atentados terroristas de Atocha (“los españoles se merecen una gobierno que no les mienta”, Rubalcaba dixit), y en julio de aquél año, tras retirar las tropas de Irak y formar “el primer gobierno paritario” de la historia, ZP se presentó a la reelección como secretario general del PSOE y apabulló. El País tituló simple y llanamente “Una historia de éxito”.

Meses antes, las elecciones catalanas del 2003 nos dejaron algunos momentos para la historia que no llegaron a quebrar la opinión del país en su defensa de las libertades y la democracia. El 13 de noviembre de 2003 Zapatero, durante el mítin socialista de Barcelona, soltó el memorable “Apoyaré el estatuto que apruebe el Parlamento de Catalunya”, y en diciembre se formó el gobierno catalanista y de izquierdas (coloquialmente, el Tripartito) que desalojó a la CiU pujolista de  la Generalitat tras 23 años de poder. Así veía El País en aquella época el “Desafío catalán”:

No será fácil gestionar la coalición de gobierno que encabeza Maragall, pero puede constituir una oportunidad para consolidar y profundizar el espíritu que alumbró la Constitución hace 25 años.

El 30 de septiembre de 2005, dos años después casi, el Parlament de Catalunya aprobaba el nuevo Estatuto autonómico y, en su editorial, El País ya alertaba de tensiones en las filas socialistas, aunque hasta la fecha, no se había cuestionado el papel de ZP, a la sazón presidente del gobierno y secretario general del PSOE, en todo aquello. Con apretar a Pasqual Maragall de momento, ya era suficiente.

Iniciábase el año nuevo y el Comité Federal del PSOE entraba en acción, alentado ya, aunque tímidamente aún, por El País. En aquella época aún se podía pactar con nacionalistas (Artur Mas estuvo esa tarde en Moncloa cerrando el Estatuto) e independentistas (los líderes de ERC, Carod y Puigcercós, se reunieron con Zapatero ese domingo 22 de enero).

Las expectativas de un rápido desenlace de las negociaciones que a mediodía ofreció el presidente del Gobierno al Comité Federal de su partido se verificaron a medianoche: existe un acuerdo global sobre el Estatut cuyo contenido se conocerá hoy. Como en septiembre con el anteproyecto, el acuerdo llega tras una reunión de Zapatero con Artur Mas (…) . A Zapatero se le recordó que esa necesidad de cerrar cuanto antes el Estatut no significaba cerrarlo de cualquier manera. A poco más de un año para las elecciones locales y autonómicas en 13 comunidades, es lógica la preocupación de los barones regionales por los efectos que podría tener un acuerdo que apareciera como discriminatorio. Sobre todo en relación a las dos cuestiones clave: la financiación y la definición de Cataluña como nación. (…) En el Comité Federal de su partido, Zapatero reiteró su deseo de contar con el principal partido de la oposición para cuestiones de Estado, como la política antiterrorista o las reformas territoriales. (…) Pero a estas alturas parece improbable que la participación del PP en el debate del articulado en la Comisión Constitucional permita su incorporación al consenso. Éste es el punto débil de la estrategia de acuerdos in extremis con CiU seguida por Zapatero.

En junio de 2006 el Estatut era refrendado por el pueblo catalán (49% de participación, 73% de Síes) y tras el paso por el Tribunal Constitucional, éste rechazó algunas cuestiones del texto, lo que motivó la macro manifestación del 10 de julio en Barcelona. El editorial del domingo de El País era observador, pero ni inquisidor ni injerente con los líderes socialistas ni ningún otro partido.

Periódicamente, El País ha cedido espacio al expresidente Felipe González para expresar sus opiniones correspondientes. En estos últimos diez años especialmente, las tribunas tanto de Felipe como de Cebrián bien podrían ser leídas como editoriales del propio períodico, y desde la del 30 marzo de 2005 hasta la actualidad, han ido ganando en calorías.

Es sabido que Zapatero, asesorado por Miguel Barroso, entonces su secretario de comunicación y, ex pareja de Carme Chacón, aconsejaba al presidente potenciar otros medios de comunicación para limitar el poder del grupo PRISA, lo cual se tradujo en una mayor proximidad a Mediapro. Cuando en agosto de 2009, con la aprobación de la ley de la TDT (televisión terrestre digital) se amparó el inicio de La Sexta (Mediapro) y de Cuatro (la reconversión en abierto de Canal Plus, de Prisa) la decisión no gustó a PRISA y aquello inició el declive de las relaciones entre la nueva dirigencia socialista y El País. En este caso, basta con recurrir al texto de la defensora del lector, Milagros Pérez Oliva, para hacernos una idea de la situación: El País y Zapatero, una crítica incómoda. Y todo ello iba más allá de la relación Gobierno-medio de comunicación.

En los últimos años del mandato de Zapatero, (2009-2011), la crisis económica y la mala gestión que de la situación hizo el gobierno, fueron excusa ideal para que El País pasase a la ofensiva. “Estado de Alarma: Los cuatro millones de parados confirman el fracaso de la gestión política de la crisis”. Este fue uno de los muchos editoriales atizaban de lo lindo al presidente del gobierno socialista. Y ahí empezó, a mi juicio, la confusión del diario, aprovechando su actuación y labor informativa de control de lo público para cuestionar la figura del secretario general del PSOE y dictar cada vez más abiertamente, y a instancia propia y ajena, lo que debía hacer el partido socialista.

Otra fecha para la historia: el 12 de mayo Zapatero se presenta ante el Congreso para anunciar el ajuste económico más duro de toda la democracia y El País le empezaba a poner la alfombra roja… de la salida. Editorial del 13 mayo de 2010:

El discurso del presidente estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que, en sentido contrario, implica que no lo ha estado durante los dos últimos años. Sustituir las difíciles decisiones que requerían la economía española y la defensa del euro por una retórica maniquea, y no sin ribetes populistas, en defensa de políticas calificadas de sociales y de izquierda, aunque estuvieran lejos de serlo, ha hecho perder un tiempo que ahora hay que recuperar con urgencia y haber corrido riesgos sólo aplacados de momento. El Zapatero que ayer tomó la palabra en el Congreso de los Diputados se desmintió a sí mismo con más contundencia que sus críticos, completando un giro copernicano en la plasmación de los principios ideológicos que invocaba.

El editorial del 21 de noviembre de 2011, tras el batacazo en las urnas del PSOE con Rubalcaba como candidato, tampoco contenía matices: “Zapatero debe dimitir como secretario general del PSOE”. Y empezaban ataques directos y personales bajo la apariencia de crítica política.

La incompetencia y falta de densidad política de Rodríguez Zapatero, en medio de la crisis global más seria que ha conocido el mundo desde hace más de medio siglo, han catapultado a Rajoy a La Moncloa. (…) en esta ocasión el derrotado no es Alfredo Pérez Rubalcaba, sino José Luis Rodríguez Zapatero. La consecuencia de un suceso de esa naturaleza no puede ser otra que su dimisión inmediata como líder del partido socialista y la convocatoria de un congreso urgente que restaure las estructuras de una formación política amenazada de ruina por la ausencia de maña y el exceso de mañas que su actual secretario general exhibe. Que el señor presidente del Gobierno no se sabe ir es algo comprobado por todos los españoles. Convocó elecciones con una antelación de cuatro meses, provocando un desconcierto y una inestabilidad en la vida política que pasarán a los anales como demostración de una torpeza poco común en el manejo de los tiempos.

Naturalmente no todo es negativo en el balance de la gestión de Rodríguez Zapatero. La retirada de las tropas de Irak, pese a la atribulada forma en que se hizo, el reconocimiento de los matrimonios homosexuales, los avances significados de la Ley de Dependencia, pese a la incapacidad de establecer un sistema de financiación de la misma, la actividad de fiscalía y policías contra la violencia de género y las leyes de paridad figuran relevantemente entre sus triunfos, junto a la ambigua rendición de ETA que, en cualquier caso, es un éxito político de todos los demócratas y un triunfo policial encarnado por Pérez Rubalcaba. (…)

En el pasivo debe anotársele la desgraciada pérdida de presencia de España en política exterior, el debilitamiento de la cohesión territorial tras los avatares de la reforma del Estatuto catalán, la arbitrariedad y nepotismo en sus decisiones de política industrial, la lentitud en reaccionar frente a los primeros síntomas de la crisis global, y su incompetencia para los asuntos de la gobernación en medio de las dificultades.

Toda su gestión ha sido marcada por una ausencia de liderazgo comparable a la de la mayoría de los burócratas que gobiernan Europa y que se ha hecho sentir tanto en los asuntos nacionales como en el interior del Partido Socialista.

Váyase José Luis Rodríguez Zapatero en buena hora de sus responsabilidades al frente del mismo y permita a los socialistas reordenar su casa antes de que los vendavales de este invierno degeneren en tornado.

Si el periódico de la izquierda te trata así, qué no harán los otros.

De Zapatero pasamos a Rubalcaba, hombre de estado como pocos, que llegó en mala hora y tarde a lo más alto (secretario general y candidato), y sacó 110 diputados. Como es hombre afín a Prisa, en el diario no se lo tuvieron muy en cuenta.

Y de ahí a Pedro Sánchez. En cuanto fue elegido secretario general en votación abierta a todos los militantes, el 14 de julio El País le advirteía que se guardase de los barones.

El Partido Socialista ha dado una lección de democracia con el proceso que ha culminado en la designación de Pedro Sánchez como secretario general. Los demás partidos difícilmente podrán atrincherarse en los viejos procedimientos tras este ejercicio de transparencia. Los resultados, una participación de dos tercios de los militantes y una victoria del ganador por el 49% de los sufragios, ofrecen una legitimidad que ningún otro secretario general había tenido. Que Sánchez cuente con estas bazas no implica disponer de carta blanca. Queda pendiente el congreso extraordinario, en el que habrá de ser ratificado él mismo, junto con su ejecutiva. A la hora de componerla no debería dejarse influir demasiado por las cuotas de poder que acostumbran a exigir las baronías regionales, por decisivas que hayan sido en su triunfo, en especial la andaluza. Sánchez hará bien en invertir los términos: él es quien debe pedir cuentas de cómo está la situación en cada comunidad y qué posibilidades electorales existen, a fin de formar un equipo de dirección capaz de transmitir a la ciudadanía cuál es la verdadera medida de la renovación.

Un espejismo. En dos años, pero especialmente los últimos meses, el acoso y derribo a Pedro Sánchez ha sido secuencialmente brutal. Por no remontarnos muy lejos, revisemos los dos últimos dos meses.

23 de septiembre: “La deriva de Sánchez”. El desleal Sánchez debe irse. Hay que convocar un congreso, sentencia el rotativo. Ya es Prisa quien dicta lo que debe hacer la organización.

(…)En vez de plantear una deriva que conduce hacia la ingobernabilidad en España y que agudizará la crisis de su partido, Sánchez debería abrir un tiempo de análisis y debate interno. La supervivencia de un Partido Socialista moderado, reformista y con vocación de gobernar y mejorar España, no de ser el primero del pelotón de perdedores, debería de ser ahora la prioridad absoluta de todo aquel que sienta lealtad a las siglas del PSOE.

Esa reflexión se va a hacer aún más necesaria y urgente a partir del próximo domingo, cuando se prevé un nuevo desastre electoral socialista en Galicia y el País Vasco. Uno más de la era Sánchez. No parece, por tanto, que sea él la persona más adecuada para encabezar la travesía del desierto que tendrá que abordar el PSOE tras la sangría de votos sufrida en las últimas citas electorales.

Solamente desde la oposición y con un nuevo proyecto político sólido y consensuado pueden los socialistas afrontar los enormes problemas que tienen ante sí. Hay que convocar un congreso, sí; pero no para apuntalar al secretario general de cara a otras elecciones. Primero hay que evitar esas terceras elecciones dejando que gobierne el partido más votado, y luego emprender la refundación de un PSOE capaz de volver a ilusionar a los españoles con el proyecto socialdemócrata y europeísta que le hizo grande.

28 de septiembre: “Un partido secuestrado“. Ahí se le acusa de tramposo, chantajista y marrullero. Y el 29 de septiembre, otro editorial delirante. “Salvar al PSOE”.

Cualquier dirigente político cabal lo hubiera hecho sin dudarlo. Pero Sánchez ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos que no duda en destruir el partido que con tanto desacierto ha dirigido antes que reconocer su enorme fracaso (…)

Ni Felipe González, ni Joaquín Almunia ni José Luis Rodríguez Zapatero se aferraron al argumento populista de convocar a los militantes para atrincherarse en el cargo. Supieron elegir el mejor momento para irse por el bien del partido. No es el caso de Sánchez, dispuesto a hundirlo en las urnas por años.

Hemos sabido que Sánchez ha mentido sin escrúpulo a sus compañeros. Hemos comprobado que sus oscilaciones a derecha e izquierda ocurrían únicamente en función de sus intereses personales, no de sus valores ni su ideología, bastante desconocidos ambos. Admitimos no tener gran confianza en su capacidad de rectificar. Pero queremos hacer, pese a todo, un esfuerzo final y llamar a Sánchez a recapacitar: que medite sobre el daño ya causado a su partido y que se vaya para no causarle todavía más.

Como lector de El País, y convencido de la necesidad de transformación que necesita nuestra sociedad y de la renovación de nuestras instituciones, me indigné sobremanera. Como tantos otros. Igual que no me gusta que el poder político condicione la información y a las empresas de comunicación, no puedo entender que cierta prensa sí se arrogue la capacidad de dictar y prescribir lo que los partidos políticos, que no ya el gobierno y las instituciones públicas, deben hacer. Y, parafraseando al propio periódico, escribí en mi Facebook aquél mismo dia:

“Cualquier dirigente cabal de esa empresa se hubiese indignado. Pero algunos, empezando por Cebrián, han resultado no ser directivos cabales, sino unos insensatos sin escrúpulos que no dudan en destruir el diario que con tanto acierto vertebró la opinión mayoritaria de la izquierda durante muchos años y, con tanto desacierto, está destruyendo antes de reconocer su enorme fracaso y pérdida de credibilidad. Nadie es perfecto y todos, partidos y medios de comunicación, se han equivocado y mucho. Pero eso no legitima a coaccionar la vida interna de un partido estructural, y por tanto de un país, de la forma en que lo está haciendo este medio. ¿Qué dirían en PRISA u otros medios si de forma pública y persistente un partido político se entrometiese tanto en una empresa de comunicación? #SalvarAElPaís #PeriodismeSamurai

Durante estas dos semanas he esperado a ver (leer) alguna reacción en prensa sobre los posicionamientos de El País. Una crítica desde los medios al “medio”. Y curiosamente, apenas he leído a algún medio -o en algún medio- algo a propósito de la insolencia con la que El País (o la Sexta) intervenía en la crisis socialista. Àlex Gutiérrez en el diario Ara; Aníbal Malvar en Público titulando “EL País se va a la guerra”Jordi Évole en El Periódico.

La mayoría, se han limitado a comentar/criticar el golpe de mano en el Comité Federal y los aciertos o desaciertos del ya ex secretario general pero sin entrar en el posicionamiento de El País (ni Ignacio Escolar, expulsado de las tertúlias de la Ser por su crítica a Cebrián cuando los papeles de Panamá). Ya lo decían, que perro no come perro.

 

4 Comments

  1. Realmente ha sido muy lamentable la forma de actuar del diario El País, por él mismo, o por el grupo de comunicación del que forma parte, Parece, que el diario tiene un partido político,(,o viceversa)y no quiere perder su grado de influencia, , a través de la vieja guardia pretoriana, que se resiste a reconocer el fin de sus días, y su influencia en la sociedad actual. Desde el momento, que las instituciones políticas, sociales..etc, no reconozcan la diversidad economico-social,-costumbrista, de sus integrantes, están abocadas tarde o temprano, al fracaso. Cuando los partidos, no han sabido, por negligentes, incapaces, y totalitarios, llegar a acuerdos, para mejorar, y mirar solamente, el bien común, de que nos sorprendemos?…
    Se dice que un Editorial, expresa la opinión de un periódico, no que es un brazo ejecutor…y me sabe mal, por los lectores, y gente que escribe en él, que merecen todo mi reconocimiento.
    Pero el periódico, ha caído muy bajo.

    Un saludo

    Alberto

    1. Muy acertado lo que dices, Alberto. Es obvio que todos quieren ejercer su influencia, pero cierta prensa, El País, por ejemplo, se ha pasado de la raya. El “cuarto poder” no da derecho a tanto.

  2. Fantastico articulo. La evolucion del Pais y la descomposicion del PSOE es tan penosa como la manifiesta incapacidad critica de nuestra sociedad ante todo ello. El comportamiento del efectista periodico del otro lado no ha sido mucho mas leal con los teoricamente suyos – por motivos diferentes – y tampoco eso parece afectar los comportamientos electorales de los españoles. La ausencia de liderazgos es tan dramatica que los medios han decidido usar sus tribunas para dictar lo que hay que hacer y como hay que pensar. Tertuliano manda. Si te borran de una tertulia no existes porque, no nos engañemos, la prensa escrita esta igualmente en crisis. La prensa se muestra traidora pero con todo, es el comportamiento del pueblo soberano lo que me resulta mas triste. Completamente morfinizado e incapaz de reaccionar ante el plato de comida basura que tiene delante …

    1. Interesante reflexión la tuya. Efectivamente, la prensa del otro lado no ha afectado tanto al comportamiento del electorado de derechos, pero sí influyó mucho, al menos durante un tiempo, en los líos internos del PP. Cierto que allí saben más de poder, así que Rajoy, inmutable, sigue en pie, mientras que en el PSOE todo hace aguas.

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