[Artículo que me publicó Ruta66 para el número de portada de Mayo 2020]

Los años 90’s fueron una época dorada para el rock, aunque repleta de contradicciones. Llegó el grunge, pero se cargó el heavy metal. El rock reinaba en las listas, pero junto a un puñado de grandes bandas un montonazo de insulsos ruidistas copaban portadas y frecuencias. Spin, la Rolling Stone o el NME británico, Rock de Lux, Radio3 y tantos otros sucumbieron al rock alternativo y al indie-rock donde -como en todos los estilos- es obligado separar el grano de la paja. Surgieron iconos, mitos algunos, que se desvanecieron antes de tiempo. Kurt Cobain, Shannon Hoon, Layne Staley, Amy Winehouse… bueno, tal vez ella llegó algo después… Jamás resultó más acertada la frase de tío Neil, “it’s better to burnout than to fade away”. 

Sí, los noventas fueron tremendos y odiosos a la vez. Si les pusiese imágenes, una de ellas sería el concierto de los Black Crowes con Aerosmith en el Palau Sant Jordi de Barcelona en 1999. Los de Boston en horas bajas, tras el mediocre Nine Lives, un directo re-estudiado, y el super hit «I don’t want to miss a thing»; los Crowes, girando con el potente By Your Side, de teloneros. Media entrada con telón cubriendo gradas. Hubo disparidad de opiniones -para mi, los Robinson Brothers se comieron a los Toxic Twins-, pero sea como fuere, fue un mal concierto cuando por cartel aquello habría sido el sueño húmedo de muchos tan sólo cinco años antes. Fin de la primera parte de una historia que aún daría mucho más de si, aunque confirma el dicho de que segundas partes nunca suelen ser tan buenas.

Regreso a 10 años atrás. 1990. Con el cuerpo en llamas gracias a la imponente cosecha del año anterior – Sonic Temple (The Cult), Dr. Feelgood (Mötley Crüe), Skid Row, Pump (Aerosmith), The Real Thing (Faith No More), Not Fakin’ it (Michael Monroe) o Rockin’ in the Free World (Neil Young) por citar algunos- entraba febrero con el debut de unos hippies al asalto de la realeza del rock: Stones, Faces, Skynyrd… Recuerdo aquello como si fuese ayer. Tal vez porque aquél debut, Shake Your Money Maker, que mi pilló con 18 años, es uno de esos discos con los que aprendí a pasar los dedos por la guitarra. Canciones de 3 minutos, todo singles potenciales, un sopapo en cada riff, un abrazo en cada verso de Chris. Veo fundirse la Telecaster de Rich y la Les Paul jr de Jeff Cease… Jeff Cease, ¿qué fue de éste hombre? Por supuesto que Marc Ford está a años luz, pero aquel primer guitarra cuervo encajaba perfectamente en el revival stoniano del momento. El show del Pink Pop Festival, cuando entonces alguna televisión (el Canal 33 catalán) retransmitía conciertos, daba buena cuenta de lo sangre que corría por sus venas. Y ojo, que aquél año se publicó también otro de esos discos que siguen estando entre lo mejor de la historia: A Bit of What You Fancy, de los Quireboys. Norteamérica y UK rivalizando por empoderar a la classic rock band del momento. 

Pero lo mejor estaba por aún llegar, y lo hizo con Seattle en llamas: Nirvana, Pearl Jam, Alice in Chains, Soundgarden, Sup Pop… ¿Quién podía querer más? ¡¡Presente!! Sin tiempo para degustar tanto manjar, el quinteto de Atlanta lanza nuevo trabajo cuyo título ya predice éxtasis: La armonía sureña y su acompañante musical. No hay crítica escrita que pudiese, ni pueda aún hoy,  explicar lo que contiene The Southern Harmony and Musical Companion (1992). Tan sólo escúchalo. Material de alto voltaje, abrasivo. «Remedy», ese single, ¡qué coros! La canción que los llevó a despachar un millón de copias en un par de meses. Siempre he pensado en Southern Harmony como la verdadera secuela de Sticky Fingers. En aquella época yo era un gran aficionado a los bootlegs (alias “piratas”, a secas), a los que me aficioné para suplir la imposibilidad de asistir en mi adolescencia a los conciertos internacionales que llegaban a la ciudad, y los Black Crowes eran de esas bandas cuyos conciertos aparecían por todas partes, pues eran de los pocos cuyo repertorio sorprendía noche tras noche. Como Springsteen, Dylan, Neil Young, Grateful Dead… vamos, como los grandes. Canciones inéditas en vivo o en programas de radio («You’re Wrong» siempre me encantó), versiones diversas («Jealous Guy» de Lennon o «Three Little Birds de Marley»). 

Y lo que  parecía un sueño, se volvió real: gira española, el 6 de diciembre de 1992 en Barcelona. Inolvidable. Fue en aquella semana mágica en la que tuvimos a Izzy Stradlin con sus Ju Ju Hounds tres dias antes y a Keith Richards cuatro después, en la misma sala Zeleste (ahora Razzmatazz). Aún tengo el poster del concierto en una de las paredes de casa, de cuando me cruzaba a menudo con un mensaka de Marc Martí y por una propina te llevabas el anuncio del concierto. Me perdí el bolo de 1994, el de la gira Amorica que tuvo lugar en el pabellón deportivo de la Vall d’Hebrón. Tenía un examen de derecho penal al dia siguiente y opté por el suficiente en lugar del deleite. Todo el mundo arrastra sus penas.

Reconozco que el disco del taparrabos me tuvo varias semanas algo descolocado cuando se publicó. Sin saber por qué, hay discos que te entran a la primera y otros que tardan. Yo le echo la culpa al CD. Aquél año empecé a comprar casi más compactos que vinilos y, aunque no tardé mucho en darme cuenta que aquello no sonaba igual, Amorica fue de los que pagó las consecuencias. Sonido aparte, lo de Amorica en cd me llevó a otra frustración: confundo los títulos de las canciones de ese disco. Sin cara A y cara B, llevo 25 años armándome un taco con todo lo que viene tras «A Conspiracy». Para compensarlo, hace un par años me compré una re-edición doble en vinilo, con cuatro caras, a tres canciones en cada una y dos en la cuarta, y ya empiezo a retener algún título. Dicho sea de paso, en pro del compacto, aquél llevaba un bonus tracks: «Tied up and swallowed».

Y aquí inicio mi relación de amor-desamor con el grupo hasta el presente. Three Snakes and One Charm (1996), me genera sensaciones encontradas. Su disco más plano en mi opinión, con buenos temas pero ninguno imprescindible. No obstante… los vi en aquella gira por segunda vez y aquella actuación fue tan imbatible como la primera. Y recuerdo como un hito haber podido entrevistar a los hermanos cuervos, con fotos y firma de discos incluida. Y es que amo a esta banda con todas mis fuerzas. Voy a por cada nuevo trabajo sin pensarlo porque estoy convencido que será bueno; dudo de algunas de las nuevas canciones y de algunos fichajes a cada cambio de formación; me cago en los muertos de los Robinson cada vez que se pelean y se separan. Y sin embargo, te quiero Chris. El mayor de los bros es el blanco con la mejor voz negra que ahora mismo recuerdo. Esa chulería sobre el escenario, esa pose en escena con los pies descalzos. El que absorbió el carisma de su hermano… ¡El tío que se casó con Kate Hudson tras su auge con Almost Famous! Un vocalista con un olfato finísimo para acoplarse a los guitarristas. Luther Dickinson en el período entre «Warpaint» y «Before the Frost»; el malogrado Neal Casal para sus Brotherhood; Marc Ford complementando al hermanito Rich en la etapa clásica de los Crowes y recientemente con The Magpie Salute. Menuda sensación más extraña me causó la presencia de las urracas Marc,Rich y Sven Pipien sobre el escenario interpretando «Jealous Again», «Thorn in my Pride» o «Wiser Time» con aquel tipo de piel morena usurpando el lugar del Dios Cuervo.

Sigo pensando en los Crowes y no puedo disociarlos de sus apariciones sobre un escenario. En la época de Lions (2001), servidor y algunos sospechosos habituales (Estrada, Cunill, Llop, entre ellos, si mal no recuerdo) nos fuimos al Montreaux Jazz Festival a verlos teloneando a Neil Young & Crazy Horse, en un auditorio para apenas 4000 personas y con el joven Neil abriendo con «Don’t Cry No Tears». ¡Para llorar! Actuaron dos veces en nuestro querido Azkena… Amén!!

Y cuando no los esperábamos, se reúnen de nuevo para conmemorar los 30 años de Shake Your Money Maker. Una gira extraña -que no me perderé- en la que sólo estarán Chris & Rich como auténticos cuervos, prescindiendo por primera vez de Steve Gorman, el Charlie Watts del grupo. Y es que para agitar la billetera, se bastan ellos dos.

Los Black Crowes lo han tenido todo para convertirse en la banda americana más grande del cambio de siglo, y ellos solitos se han bajado del podio. Pero da lo mismo. Como dice un tipo en el video promocional de su gira de regreso, “los Black Crowes son los Stones de nuestra generación”.

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